E.S.E. Hospital Universitario del Caribe

Jerónimo Bello

Jerónimo Bello es un paciente que está internado en la ESE Hospital Universitario del Caribe. Todo el personal asistencial y administrativo del área donde él se encuentra lo conoce y ya lo tratan como si fuera de la familia. Siempre está presto a entablar una amena charla con los demás. A pesar de su condición de salud, es una persona dinámica y contenta. De hecho, le llaman el ‘cantante’, porque a eso se dedicó gran parte de su vida, y todavía lo hace.

Nació en Cartagena y su casa se encuentra en el barrio La María, en un sector donde también viven sus hijos, quienes le cuidan su propiedad mientras él está recluido en el HUC. No tuvo la oportunidad de estudiar, así que no sabe leer ni escribir. Pero en estos momentos se encuentra recibiendo clases por parte de una persona que lo conoció en la iglesia donde él asiste. Aunque es un adulto mayor, considera que no es tarde para aprender.

Nos contó que desde muy joven estuvo expuesto a muchas malas influencias por parte de sus amigos y conocidos, quienes lo incitaron a probar sustancias alucinógenas. Con el tiempo se dejó atrapar por estas, hasta el punto que llegó a un grave estado de intoxicación.

“Cuando era muy joven me dejé convencer de algunas personas para que probara la droga. Tenía como 18 años cuando eso. Empecé a probar hasta que llegué a encontrarme en un estado que me llevó a andar en la calle por días sin regresar a mi casa”, recuerda el paciente.

Comentó que aunque trabajaba y le iba bien en lo que hacía, el dinero no le alcanzaba, porque lo que ganaba lo repartía entre su familia, compuesta por su esposa y cinco hijos, y el resto se lo gastaba en sustancias psicoadictivas. A lo largo de su vida fue empleado en una licorera, trabajó en una mueblería, se desempeñó como ayudante de albañilería, vendedor de butifarra y comerciante. Fue después de un tiempo cuando se dio cuenta que tenía dotes como cantante y entonces decidió interpretar canciones en los buses y otros espacios públicos. Sus géneros musicales preferidos: la salsa, el vallenato y las rancheras.

En esas correrías entre la calle, la música y su adicción, sus pies lo condujeron hacia una iglesia cristiana, donde entró y tuvo el impulso para cantar y fue allí donde conoció a Dios. Explicó que se sentía impotente porque quería servirle, pero le faltaba mucha fuerza de voluntad para dejar de consumir drogas. El ‘vicio’, como él mismo le llama, lo llevó a perder su matrimonio y apartarse de sus hijos. Hasta que empezó a orar al Todopoderoso para que le ayudara y diera las fuerzas para salir de ese estado en el que se encontraba.

“Recuerdo que en cierta ocasión, hace como tres o cuatro años atrás, me encontraba bien perdido por las drogas y le rogué mucho a Dios para que me ayudara porque quería regresar con mi familia y hacer las cosas bien. De tanto consumir droga quedé en un estado que no sabía por dónde era que andaba. Ya no iba a mi casa. Caminaba por las calles y sentía que me asfixiaba. No podía respirar. Fue ahí donde al cruzar una carretera se me dio por levantarle la mano a una buseta, y al verme en ese estado, varios pasajeros me subieron y trajeron al Hospital Universitario. Fue aquí donde empezó mi recuperación. Dios me escuchó”, comentó.

“Me siento muy agradecido. Primero con Dios por escucharme y haberme ayudado a salir de esa situación en la que me encontraba, y segundo con todo el personal del hospital. Aquí los médicos y enfermeras me han acogido muy bien y me siento muchos mejor. Todos han sido como mi familia. Desde los especialistas y las enfermeras, hasta el personal de aseo y las trabajadoras sociales se han vuelto una parte muy importante en mi recuperación. Ahora me siguen suministrando oxígeno, pero me siento bien. La gente no creía que me iba a salvar. ‘Usted no dura dos días’, decían, pero aquí estoy”, expresó.

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